Arde Mosul: la batalla decisiva contra el ISIS

¿Por qué es tan importante reconquistar esta ciudad iraquí? La guerra contra el Estado Islámico no acabará con la toma de Mosul, pero para los yihadistas perder una de sus capitales es algo más que una derrota militar. Aquí se juega el futuro del mundo. Por Carlos Manuel Sánchez / Fotos: Jan Grarup y Getty Images

Un joven pastorea un rebaño de ovejas en Al Qayara, al sur de Mosul. Una imagen casi bucólica si no fuera porque el cielo está oscurecido por una nube negra y las ovejas, tiznadas por el humo. El humo proviene de los pozos de petróleo en llamas. Son los mismos pozos con los que se financiaba el ISIS. Y son los propios yihadistas los que los están incendiando.

Las columnas de humo buscan dificultar la visibilidad de los bombarderos de la coalición

Hay que estar muy desesperado para quemar tu fuente de ingresos. Pero de perdidos al río… Esos corderos ennegrecidos, con la lana ahumada, son una metáfora en una guerra que tiene varios frentes: unos, militares y otros, simbólicos. Y presagian la inviabilidad del califato. La pesadilla de un Estado Islámico en Mesopotamia tiene los días contados.

Arde Mosul. ¿Por qué es tan importante reconquistar esta ciudad? Porque la caída de Mosul en 2014 fue el hito que puso al Estado Islámico en el mapa. Han sido dos años aterradores. Unos pocos miles de fanáticos hicieron huir a fuerzas iraquíes veinte veces superiores en número. Y pasaron a controlar un territorio inmenso donde quedaron atrapados dos millones de personas.

En la región de Mosul todavía viven más de 800.000 personas bajo control del ISIS

De la noche a la mañana aparecía el califato. Tomaba cuerpo una nación utópica que hasta entonces solo era una elucubración de los ideólogos del ISIS. Una desquiciada ínsula de Barataria que se convertía en un imán para jóvenes islamistas de todo el mundo -unos 18.000 europeos- a caballo entre dos países destrozados por la guerra y vertebrado en torno a sendos bastiones: Al Raqa (en Siria) y Mosul (en Irak).

Con la victoria no acabará la pesadilla

El califato creció tan rápido y desordenado como un tumor, con excrecencias que llegan hasta la frontera turca. Para el ISIS, perder una de sus capitales es más que una derrota militar. Es un golpe moral. Sin embargo, para la coalición internacional extirpar ese tumor es menos que una victoria. Porque la batalla contra el ISIS no acabará con la toma de Mosul. Y como explica el experto francés Gilles Kepel, el riesgo de metástasis es grande.

El ISIS todavía dispone de entre 4000 y 6000 combatientes en Mosul y otros tantos en Al Raqa, también asediada. Son escurridizos, a pesar de la vigilancia de aviones y radares estadounidenses. Células cancerosas que podrían entrar en el torrente sanguíneo de Europa y provocar más atentados, como advierte el comisario de Seguridad de la UE, Julian King.

La gran coalición: todos contra los yihadistas

¿Y ahora qué? ¿Qué consecuencias tendrá la toma de Mosul, la Nínive de la Biblia, donde se cruzan los intereses de Turquía, Irán, Estados Unidos, Rusia y Europa? ¿Es el principio del fin del ISIS? ¿O solo una fase más en una guerra larga y global?

Para hacerse una idea de la complejidad del asunto solo hay que echar un vistazo a las tropas que se enfrentan a los yihadistas. Los peshmergas kurdos -con valientes mujeres en sus filas- son la punta de lanza, seguidos por la División de Oro iraquí, una unidad de élite que lucha calle por calle y tiene la misión añadida de restaurar el honor mancillado tras la huida por ‘piernas’ de su infantería. Artillería americana, fuerzas francesas, milicias cristianas, chiíes… Podría haber unos cien mil hombres en total. La tenaza parece funcionar. Pero la batalla puede estancarse.

El ISIS todavía dispone de unos 6000 combatientes en Mosul y otros tantos en Al Raqa, Siria

Los yihadistas acorralados tienen varias bazas que pueden jugar todavía. Una es que Donald Trump ya ha anunciado que Estados Unidos podría desentenderse de este berenjenal y, si es así, la coalición internacional desmigajarse. Mientras tanto, la población civil no sabe qué hacer. Decenas de miles huyen. Caravanas de vehículos que recuerdan escenas escalofriantes a lo The walking dead. Pero otros muchos se quedan, a riesgo de ser utilizados como escudos humanos.

«¿Qué se siente cuando se vive bajo el terror y, después de escapar, te tratan como si fueras un cómplice de los terroristas? Así que se quedan, familias enteras con niños y ancianos corren de una casa a otra buscando un refugio», explica el fotógrafo Ivor Prickett en Time.

El horror de vivir bajo la ‘Sharía’

Lo que ha sido la vida bajo el yugo del Estado Islámico sigue siendo un misterio tenebroso. Nos vamos enterando de retazos. Aplicación estricta de la sharía, maestros de escuela y funcionarios que juraban lealtad o eran decapitados, hombres que se dejan crecer la barba y mujeres con el velo integral, escasez y contrabando rampante, ejecuciones públicas, latigazos… Como organización administrativa, el Estado Islámico ha fracasado patéticamente. Y eso también es importante para quitarle prestigio ante sus propios simpatizantes.

La coalición ha puesto precio a la cabeza del autoproclamado califa: 25 millones de dólares por la información que lleve a la captura de Al-Baghdadi que va cambiando de escondrijo por los villorrios de la provincia. El espionaje dice que duerme con un cinturón de explosivos para evitar ser apresado con vida. Pero el califato es obra intelectual de varios iluminados. Y solo se puede desmontar si se entienden sus fundamentos.

La cabeza del califa tiene precio: 25 millones por la información que lleve a su captura

Surge de la competencia entre diversas corrientes de Al Qaeda, según Brian Fishman, del Centro de Combate al Terrorismo de West Point. Su precursor es el jordano Al-Zarqaui (muerto en un ataque aéreo de Estados Unidos en 2006). Propone el salvajismo más sanguinario como táctica, inspirado en el librito La gestión de la brutalidad, de Abu Baker Naji, un texto que viene a ser algo así como el Mein Kampf del yihadismo. Justifica religiosamente las atrocidades, también contra los musulmanes que no comparten su ideario.

El fundador del yihadismo de tercera generación

El otro padre del ISIS es el sirio-español Mustafá Setmarian que, entusiasmado con los atentados del 11-M en Madrid, propone el uso las redes sociales y la violencia urbana para llevar la guerra a toda Europa. Setmarian fue capturado en Pakistán en 2005 y transferido a autoridades estadounidenses un mes después, pero su paradero es desconocido. Su influencia, en todo caso, sigue siendo incuestionable. Es el fundador del yihadismo de tercera generación. Setmarian escribió un ‘tocho’ de 1600 páginas cuyas enseñanzas circulan ahora en forma de tuits. Los atentados son provocaciones, buscan un giro hacia la xenofobia. «El yihadismo y el populismo se alimentan recíprocamente y engendran una fractura profunda de las sociedades occidentales», afirma Kepel.

La liberación de Mosul también implicaría la pérdida de un centro de mando para el ISIS. Desde allí se han coordinado los ataques a Francia, muchos orquestados por el exrapero Rachid Kassim, que impartía órdenes mediante la red Telegram, la primera que encriptaba los mensajes. Pero en este mundo, donde hasta el terror está deslocalizado, importa cada vez menos el lugar donde se patenta la barbarie. Europol sospecha que los próximos atentados se planificarán desde Libia.

Y hay una dimensión simbólica. El califato está inspirado en antiguas escrituras sagradas que relatan que el fin del mundo será precedido por la batalla final entre las fuerzas del califato y las de Roma (llámese Occidente o Turquía, sucesora del Imperio bizantino). El ISIS es, básicamente, un culto apocalíptico. Nunca ha pretendido el bienestar de sus partidarios ni la conquista del mundo, sino acelerar el apocalipsis para que sus combatientes disfruten cuanto antes de la Yanna, el jardín del más allá. Su expulsión de Mosul significa quitarles su lugar en el paraíso.