¿El corrupto nace o se hace? ¿Hay una predisposición genética a aceptar sobornos? ¿Está la tentación arraigada en nuestro cerebro o es el entorno el que nos tienta? La neurología aborda uno de los temas de mayor actualidad. Por Daniel Méndez

“La corrupción no es patrimonio de nadie; es lamentablemente de todos. Y la misma corrupción que puede haber en un partido político la hay en la sociedad en general”. La frase la pronunció María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP. Más allá de cuestiones concretas, sus declaraciones encierran un gran interrogante: ¿somos corruptos por naturaleza?

Experimento 1. ¿El sector financiero es más proclive a la corrupción?

En la Universidad de Zúrich han tratado de averigüarlo. Para ello, realizaron un estudio del que se hace eco la revista Nature. Según se cuenta en la publicación, se envió un correo a 128 trabajadores de un banco internacional (no revelado). A todos se les pidió que lanzaran una moneda al aire: cada vez que saliera cara, recibirían 20 dólares. Nadie controlaba los resultados: su palabra bastaba. Pero añadieron una variante: a un grupo se le hizo rellenar antes un cuestionario; preguntas generales, como el número de horas que ven la tele. Al otro, sin embargo, se les hizo preguntas relacionadas con su trabajo. Buscaban recordarles su condición de empleados de banca. ¿El resultado? El primer grupo declaró un promedio de 51,6 caras. Un resultado casi idéntico al 50 por ciento que cabría esperar de manera aleatoria. El otro grupo dijo haber obtenido una media de 58,2 aciertos, alejándose, a su favor, de la media. Cabe concluir, por tanto, de que mintieron. Y lo hicieron teniendo muy presente su puesto de trabajo. Repitieron el estudio en otros ámbitos industria, telecomunicaciones, farmacia y no observaron el mismo fenómeno.

Experimento 2. El cerebro y el soborno

Son muchas las ramas del saber que se han planteado la cuestión: la filosofía, la economía, la perspectiva evolucionista… Pero en los últimos años ha sido la neurología la que nos ha permitido acercarnos más a nuestro cerebro de una manera impensable tan solo unas décadas atrás. Un grupo de estudiosos de la Academia de Ciencias Sociales de China se propuso localizar las áreas del cerebro que se activan al recibir un soborno. Para ello, tentaron con diferentes cantidades de dinero a 28 voluntarios, al tiempo que una resonancia magnética controlaba su actividad cerebral: al poner el dinero sobre la mesa, se activaban áreas relacionadas con el bienestar, en el hemisferio derecho y la parte frontal de nuestro cerebro. Los sujetos podían, además, elegir quedarse con el dinero o devolverlo; aquellos que se lo echaban al bolsillo mostraban una mayor actividad en el giro frontal izquierdo del cerebro, una zona próxima a la sien. Ahí podría residir, según los estudiosos, la base de nuestras conductas corruptas.

Experimento 3. ¿A quién salvaría usted?

¿Son aplicables los resultados obtenidos en China a otro lugar del mundo? Según el psicólogo y biólogo de la Universidad de Harvard, Marc Hauser, sí: él habla de una ‘gramática moral universal’, inscrita en nuestra mente a lo largo de millones de años de evolución, que nos dicta lo que está bien y lo que está mal. Hauser planteó a los sujetos de su investigación una serie de dilemas morales que se han convertido ya en un clásico a la hora de investigar las raíces de nuestra ética. Imaginemos un tren que viaja sin control. A poca distancia hay una bifurcación en las vías: a un lado, un solo hombre, sin posibilidad de escapatoria; al otro, cinco operarios trabajando, que fallecerían si el tren fuese en su dirección. Si en nuestras manos está el que el convoy se dirija en una u otra dirección, ¿qué hacemos? ¿Es lícito elegir matar a uno para que sobrevivan otros cinco? Hasta 150.000 personas de 120 países distintos han respondido de manera casi unánime: sí. Pero, ¿y si la opción para salvar a los cinco trabajadores fuese empujar a una persona que contempla la escena desde lo alto de un puente? Si le tiramos a las vías, el tren le atropellará y descarrilará, condenándole a una muerte segura, pero salvando cinco vidas. Aquí la mayoría decide que no. Hauser observa que se produce una reacción muy similar en sujetos de distintas culturas, edades, clases sociales, religiones…

Nuestras conductas corruptas activan el lado izquierdo del cerebro, una zona cerca de la sien

“De manera primitiva somos unos ladronzuelos” , explica Nikolaos, investigador de la Universidad de Reading y coautor del artículo Patrones fisiológicos y de comportamientos en la corrupción, publicado en la revista Frontiers in Behavioral Neuroscience. “Las tribus robaban la comida a la tribu vecina, y es lo que tenemos inscrito de manera primaria en nuestra mente: si consigues más comida, mejor. Pero al lado de esto, surge algo más reflexivo que nos dice que no actuemos de este modo. Por eso, cuando el tiempo de reacción es mayor, somos más prosociales”. Esto es: más proclives a tomar decisiones que ayuden al conjunto de la sociedad. Aurora García-Gallego, coautora del estudio, añade: “Tenemos una naturaleza corrupta: el interés personal es lo primero. Pero también somos capaces de considerar que vivimos en una sociedad donde hay unos criterios éticos que son útiles para todos. Y que, además, pueden implicar un castigo si nos los saltamos”. El castigo y la percepción social suponen un elemento de control fundamental, modulan nuestra naturaleza esencialmente egoísta.

Experimento 4. La excusa del coche eléctrico

Pablo Brañas-Garza, catedrático de Economía del comportamiento en la Universidad de Middlesex (Londres) ha observado comportamientos curiosos en sus estudios. “Por ejemplo, los que conducen un coche eléctrico tienden a saltarse más semáforos. ¿Por qué? Porque al conducir un vehículo respetuoso con el medio ambiente, consideran que tienen un stock de bondad muy elevado, y se pueden permitir unas licencias morales que no atribuyen a los demás”.

Experimentos demuestran que los triunfadores consideran que se han ganado tener más parte del pastel

Experimento 5. ¿Somos siempre justos?

Nuestra percepción de nuestra propia persona juega un papel fundamental a la hora de inclinarse hacia un lado u otro de la balanza del bien y el mal. El Nobel de Economía Vernon Smith hizo un experimento en el que distintos grupos de personas debían resolver una serie de pruebas. A continuación les otorgaba una cantidad de dinero a los que habían obtenido mejores resultados, pidiendo que lo repartieran con otros grupos que habían afrontado sin éxito los mismos problemas. Comprobó que no eran ecuánimes: invariablemente otorgaban menos dinero a los que habían obtenido peores resultados. Consideraban que se habían ganado el privilegio de quedarse con la parte más grande del pastel.

Experimento 6. ¿Acataría la orden de un corrupto?

¿Y si la corrupción no fuese necesariamente nociva? ¿O por lo menos no implicara el fin del sistema? A otra interesante conclusión llegan Francisco Úbeda, profesor de biología evolutiva en la Universidad de Tennessee, y Edgar Núñez, de Harvard. Haciendo uso de la teoría de juegos, crearon un modelo en el que los individuos encargados de castigar a aquellos que no cooperaban podían actuar de manera corrupta sin ser castigados: lo llamaron Juego de la corrupción. En un burdo paralelismo con nuestra sociedad, los primeros serían, por ejemplo, jueces y policías: encargados de velar por el cumplimiento de la ley, pero con un margen superior al resto a la hora de eludir su rigor. Resultado: aunque los primeros hicieran trampas, los demás seguían cooperando. El miedo al castigo les hacía obedecer las normas aunque supieran o sospecharan que el árbitro se las estaba saltando. En palabras de Úbeda: “Los ejecutores de la ley a menudo disfrutan de privilegios. Pero al mismo tiempo eso resulta en un mayor respeto a la ley” . Eso sí, siempre que la desigualdad asociada al poder se mantenga en unos niveles bajos. Una corrupción excesiva, según sus experimentos, lleva a la desintegración social. Y se acaba el juego.


 

¿Son menos corruptas las mujeres?

 

 

El cliché asegura que es así y muchos estudios lo corroboran, pero un informe reciente de la Universidad de Rice (EE.UU.) aporta un dato añadido. Los investigadores comprobaron que en regímenes autocráticos, donde la corrupción es endémica, había pocas diferencias en el nivel de corrupción entre hombres y mujeres. Sin embargo, en países democráticos había diferencias notables. ¿Por qué? Según el informe, porque ellas muestran menos comportamientos de riesgo. Es decir, donde la amenaza de la ley es real, no se arriesgan a que las pillen en un delito. Las mujeres no serían menos corruptas por naturaleza, sino menos temerarias.


 

Corrupción en el reino animal

Robos en la manada. El robo o la mentira no son patrimonio del ser humano. El primatólogo Tetsuro Matsuzawa ha visto cómo un chimpancé que observa dónde esconde un plátano su cuidador se ‘hace el tonto’ si anda cerca un miembro dominante de la manada. Si va directamente a por la banana, el chimpancé con más poder podría arrebatársela. Así que mira para otro lado y espera un momento más propicio para hacerse con el botín.

La abeja reina se salta la ley. Al estudiar insectos sociales, como las hormigas o las abejas, se destaca el aspecto cooperativo, pero también hay conflicto. Entre las abejas Dolichovespula sylvestris, por ejemplo, entre las que el castigo está casi limitado a la abeja reina, ella impone su ley, pero no siempre la respeta. Lo que no impide que, pese a los abusos, el resto de la comunidad sí respete las normas.

Nepotismo en el hormiguero. En el hormiguero hay también corruptos. Según la teoría, las hormigas eligen al azar unas larvas que se convertirán en reinas. “Pero hemos realizado estudios de ADN en cinco colonias, y los descendientes de algunas reinas tienen más posibilidades de convertirse en reinas que otros” , sostiene Bill Hughes, de la Universidad de Leeds. “Juegan con una ventaja que les permite hacer trampas para perjudicar a otras hormigas” .


 

PARA SABER MÁS

Neuroética y neuropolítica. Sugerencias para la educación moral. De Adela Cortina. Ed. Tecnos. 2011.