De tan saludables, los besos son ya casi de prescripción médica. Los últimos estudios revelan que besar equilibra nuestras hormonas, disminuye el estrés, quema calorías y ahuyenta la depresión. Además, ayuda a detectar si estamos o no ante la pareja ideal. Por Priscila Guilayn

Un beso en la boca es, científicamente, una especie de elixir. Sí, está comprobado. Existe, incluso, una ciencia, la filematología, dedicada a estudiar los besos, que, de tan poderosos, son capaces de equilibrarnos algunas hormonas, mejorando nuestra calidad de vida y llegando incluso a influir en la reproducción. Además, afirman los expertos, las sustancias químicas que la saliva contiene actúan como una especie de detector de compatibilidad entre las posibles parejas.

Cuando besamos, la producción de cortisol, conocida como “la hormona del estrés”, disminuye y la oxitocina también llamada “molécula de la monogamia”, “molécula de la confianza” o “sustancia del amor” aumenta. Esencial en el desarrollo del afecto y de la necesidad de cuidarse mutuamente, la oxitocina circula a todo tren por nuestra corriente sanguínea en el momento del beso. De hecho, siempre ha sido conocida por su poder en la maternidad, ya que fortalece los vínculos entre madres e hijos al ser una hormona que se libera en grandes cantidades durante el parto, debido a la distensión del útero­, así como en la lactancia, por la estimulación del pezón. «Lo que más me sorprendió en mis investigaciones fue que la oxitocina sólo aumentó en los chicos. En las chicas, por el contrario, se produjo un descenso. Estamos barajando la posibilidad de que el lugar de la investigación, nada romántico, haya influido en la reacción de las chicas», cuenta la neurocientífica Wendy Hill, profesora del Lafayette College, en Pensilvania, que llevó a cabo un estudio en el centro de salud de la facultad, «donde los alumnos acuden cuando se sienten enfermos», lo que explicaría la falta de entusiasmo de las mujeres. Quince parejas heterosexuales fueron divididas allí en dos grupos: en uno podían besarse libremente durante 15 minutos; en el otro podían charlar y, como mucho, darse la mano.

Besar es, además, un poderoso mecanismo de adaptación. Lo dice la antropóloga Helen Fisher, profesora de la Universidad Rutgers, en Nueva Jersey, experta en biología del amor y autora del libro Why him, why her: finding real love by understanding your personality type (“Por qué él, por qué ella: encontrar el amor verdadero por la comprensión de tu personalidad”), lanzado recientemente en EE.UU. El beso, presente en el 90 por ciento de las culturas en el mundo, es algo fundamentalmente químico. «Las reacciones liberadas por el beso separan o acercan a una posible pareja. Cuando besamos en la boca, olemos, vemos, le tomamos el gusto a la otra persona, recopilamos, en definitiva, un montón de informaciones», afirma Helen Fisher.

El beso es también un excelente cosmético: la producción de adrenalina aumenta la frecuencia cardiaca, que oxigena el cuerpo y deja nuestra piel mucho más vigorosa

Según esta investigadora, los hombres prefieren, en general, los besos húmedos, porque -explica- la lengua masculina contiene testosterona. De una manera inconsciente, los varones intentarían transferir así, a través del beso, esa hormona a las mujeres con el fin de despertarles el apetito sexual. Se cree que al mismo tiempo ellos intentan descifrar la carga genética de ellas, «midiendo los niveles de estrógeno femenino -dice Fisher- para hacerse una idea aproximada del grado de fertilidad de la mujer con la que están besándose».

Las mujeres, a su vez, utilizan el beso para verificar el sistema inmune de su posible pareja y determinar si se cuida o no; básicamente, si están o no ante un posible “buen” padre: saludable y sano. Este acto tan placentero que es besar estimula así los tres sistemas cerebrales que permiten la formación de parejas y la reproducción: el deseo sexual, el amor romántico y el apego.

Cuando la relación va bien, tanto a hombres como a mujeres les agrada besarse, pero ambos valoran el beso de distinta manera, explica la psicóloga y sexóloga española Aldara Martos. «En líneas generales, son las mujeres quienes otorgan mayor importancia al beso. Ellas insisten en la necesidad de besarse antes y después de un encuentro sexual, mientras que ellos pueden disfrutar del sexo sin necesidad de que medie un beso. Eso sí: los hombres usan el beso como señal que anuncia una relación sexual, sobre todo cuando aumenta la pasión del mismo.»

Si Sigmund Freud relacionó el origen del beso con la lactancia, Charles Darwin vio en él una evolución de los mordiscos de los monos en sus rituales

«Quizá por eso muchas mujeres optan por un leve pico cuando no desean que el asunto vaya a más.» Las diferentes maneras de besarse, la intensidad, la dulzura y hasta la duración del beso son, en realidad, diferentes ‘palabras’ en el lenguaje personal de cada pareja. «Muchas mujeres reconocen usar los besos como forma de evaluación del estado de la relación e incluso, al principio de ésta, como un auténtico test de compromiso», cuenta Martos.

El beso es algo tan importante que nadie se queda indiferente ante él: ni los que besamos ni los que se interesan por él, hasta el punto de estudiarlo a fondo. Si Sigmund Freud relacionó su origen con la lactancia, Charles Darwin vio en él una evolución de los mordiscos de los monos en sus rituales presexuales. Quienes sencillamente besamos sin pararnos a pensar en sus orígenes o consecuencias no imaginamos el poder que ese roce ejerce sobre nosotros.

Aparte de su «gran poder para transmitir sentimientos, emociones y pasiones», según reza en el Kama Sutra, el beso posee la capacidad de afectar todo nuestro cuerpo, desde el flujo sanguíneo hasta el cerebro, incluyendo la musculatura: en un beso de diez segundos se activan 29 músculos de la cara, la cabeza y el cuello, y se queman 15 calorías.

«El beso es una gimnasia muy completa en el plano sexual enfatiza Antonio Casaubón, de la Asociación Española de Especialistas en Sexología: además de los muchos músculos que activa, desencadena una serie de procesos fisiológicos, hormonales y emocionales muy estimulantes, ya que también provoca la producción de dopamina [que aumenta la sensación de bienestar y desempeña un papel importante en la motivación] y de serotonina [la llamada “hormona del placer” u “hormona del humor”].» Todo ello se debe a que en todo el proceso de besarnos está muy presente nuestro sistema nervioso central y todo nuestro mundo psicológico, actuando por igual en hombres y en mujeres.

Por si fuera poco, el beso también actúa como un excelente cosmético, ya que con la producción de adrenalina, la frecuencia cardiaca aumenta y, consecuentemente, también la circulación sanguínea, oxigenando más el cuerpo, lo que deja nuestra piel muchísimo más vigorosa. Si los besos no dejaban ya a nadie indiferente ni frío, la filematología nos trae ahora un arsenal de “avales” clínicos por si hubiera alguien que los necesitase todavía para seguir besándonos, incluso más que antes. Si no lo hacemos, no será realmente por falta de argumentos…