¿Preparado para despegar? ¿Listo para respirar un aire menos puro de lo habitual? En el transcurso de un vuelo el cuerpo sufre decenas de agresiones. Aunque la mayoría no son trascendentes, les contamos cómo puede esquivarlas para tener un buen viaje. Por Alberto E. Parra

Enfilar la escalerilla de un avión y adentrarse en su cabina es acceder a un nuevo mundo. Y no precisamente acogedor para nuestro organismo, que sufre y se rebela cuando se confina en sus estrechas butacas, respira su aire seco y viciado, camina encorvado por sus estrechos pasillos y acaba hinchado como un globo por efecto de la presión.

Para empezar, lo que se respira allí dentro es ‘diferente’: el 50 por ciento es aire fresco, puro, pero la otra mitad es reciclado. Todo él es totalmente deshumificado para que los cristales no se empañen. El resultado es que la humedad relativa del aire es de sólo el cinco por ciento, cuando en cualquier región de la Tierra, hasta en las más áridas, el mínimo ronda el 40. Y encima, esa humedad no es natural: deriva de los procesos fisiológicos de los pasajeros, de los que respiramos y tragamos las moléculas de vapor de agua que exhalan.

Además, con el paso de las horas el porcentaje de anhídrido carbónico del aire aumenta, debido a la constante espiración de los viajeros, y el de oxígeno disminuye por efecto de la altitud.

La presión del aire es otro problema: cuando se vuela a miles de metros de altura, la presión del aire es baja, similar a la de una montaña de 2.000 metros. Y eso provoca hipoxia, es decir, que la sangre absorbe y transporta menos oxígeno de lo habitual para regar los órganos.

En esas condiciones, no es de extrañar que los viajes en avión sean una fuente de trastornos. Y también de estudios científicos sobre ellos que, en muchos casos, derrumban creencias que se estimaban firmemente asentadas.

El último ejemplo es el síndrome de la clase turista. Según la opinión más extendida hasta ahora, permanecer sentado durante mucho tiempo y con las piernas dobladas en un espacio angosto, como la butaca de un avión, puede provocar la formación de trombos en las venas de las piernas, pequeños coágulos de sangre que bloquean parcial o totalmente un vaso sanguíneo. Un grave riesgo para la salud, ya que si el trombo se desprende, puede subir por el sistema circulatorio, alcanzar el pulmón, bloquearlo y provocar una embolia. Un  estudio publicado hace unos años en la revista médica The Lancet, echaba por tierra esta suposición al asegurar que la inmovilidad no es el factor clave para este tipo de trastornos. Lanzaba la hipótesis de que otros factores, como la presión del aire y la falta de oxígeno, en cambio, sí que podrían resultar determinantes en las trombosis venosas profundas (TVP). Esto afectaría, fundamentalmente, a dos tipos de personas: las mujeres que toman anticonceptivos orales, que por sí solos aumentan cuatro veces la probabilidad de sufrir TVP, y aquellos que padecen una mutación genética denominada factor V Leiden, un defecto en el sistema anticoagulante natural que multiplica el riesgo de trombosis entre siete y 80 veces, según se posean una o dos copias del gen.

Esto no significa que haya que evitar los aviones. Pero lo cierto es que quienes hayan sufrido intervenciones quirúrgicas oftalmológicas, torácicas o en el abdomen deben andarse con cuidado: en algunas cirugías se inyecta aire o gas y, aunque parte de él se reabsorbe, pueden quedar cantidades residuales que tienden a expandirse cuando se sube a un avión.

Las molestias no terminan aquí. Las lágrimas, debido a la sequedad ambientan, se evaporan con facilidad, provocando sequedad ocular, que afecta más a quienes llevan lentes de contacto. Pero, en cambio, no hay que preocuparse por los dolores ligeros de estómago o las molestias intestinales: el aire ingerido en tierra, debido a la menor presión de la cabina, tiende a expandirse.

También el aire presurizado produce trastornos en el sistema auditivo y molestias en el interior de los oídos. La razón es la habitual: la diferencia de presión existente entre el aire de la cabina y la que contiene las cavidades auriculares, que tiende a expandirse. Este efecto podría producir, hipotéticamente, una perforación en el tímpano. Pero eso no sucede porque nuestro organismo posee mecanismos capaces de reequilibrar la diferencia de presión: bostezar o tragar saliva abre las trompas de Eustaquio, un conducto que comunica el oído medio con la faringe, favoreciendo el paso del aire y, por tanto, el reequilibrio entre presión externa e interna.

La presión en un avión es similar a la que existe en una montaña de 2.000 metros, pero sin sus beneficios. A esa altura, la sangre no acarrea suficiente oxígeno a los órganos

La carencia de oxígeno, el aire seco y la baja presión suponen una contraindicación también para personas con enfermedades cardiacas y respiratorias serias, para individuos afectados por TVP y para las embarazadas que han superado el sexto mes de gestación.

Todos esos problemas, en mayor o menor medida, se pueden resolver. Pero hay uno para el que aún no hay solución: el bombardeo de rayos cósmicos que sufren los aviones cuando sobrevuelan la atmósfera terrestre. A nivel del mar, una mano extendida es bombardeada una media de una vez por segundo por esas partículas de alta energía procedentes del espacio. Pero entre los 8.000 y los 12.000 metros, la altura de crucero de un avión comercial, esa exposición a la radiación cósmica se multiplica por 25, sin que el fuselaje del avión pueda evitarlo, provocando problemas a los pasajeros y las tripulaciones.

En la última década, los fabricantes de aeronaves han trabajado duramente para conseguir un aire más saludable dentro de las cabinas de los aviones: han diseñado filtros que descomponen el ozono en oxígeno, han desarrollado sistemas de ventilación que renuevan el aire de la cabina unas 20 veces por hora (eso sí, con aire reciclado) y han comenzado a instalar en las aeronaves más modernas los filtros HEPA, los mismos que se utilizan en quirófanos y unidades de cuidados intensivos, que atrapan los virus y las bacterias procedentes de personas infectadas y que reducen las posibilidades de transmisión del virus de la gripe común, por ejemplo, al mismo porcentaje que en tierra firme, según la Asociación Médica Aeroespacial (Asma). Eso sí, aún no se puede hacer nada frente a virus como el H5N1, el responsable de la gripe aviar. Y además, existe el problema de que algunas compañías no especialmente boyantes no los van a incluir en su dotación.

Por lo visto, volar sano, como hacerlo seguro, también es cuestión de dinero.


Vademécum frente al ‘jet-lag’

Cuando volamos, y a medida que atravesamos husos horarios, el reloj interno de nuestro cuerpo, acostumbrado a un determinado ciclo de luz-oscuridad, se altera. Es el jet-lag, que provoca trastornos del sueño, cansancio y pérdida de concentración. Estos problemas pueden durar varios días y son más importantes cuanto mayor sea la diferencia horaria entre el origen y el destino. Evitarlos es casi imposible, pero sí pueden atenuarse:

  • Cuando vaya a volar hacia el oeste, intente retrasar la hora de levantarse por la mañana durante los dos o tres días anteriores al viaje. Por el contrario, si va a viajar al este, váyase a dormir pronto y levántese temprano.
  • Si vuela hacia el oriente, trate de dormir en el avión. Hacerlo con un antifaz favorecerá el reposo. Si vuela hacia occidente, manténgase despierto todo lo posible.
  • Nada más aterrizar en su destino, ponga el reloj en la hora local. Eso le servirá para prepararse psicológicamente al nuevo huso horario.
  • Al llegar a casa o al hotel, tome un baño caliente seguido de una ducha fría. Eso le servirá para relajarse y lo ayudará a soltar los músculos agarrotados.
  • Si ha viajado hacia el este, váyase a dormir lo antes posible para recuperar el sueño perdido. Si lo ha hecho hacia el oeste, aguante despierto hasta que la luz solar haya desaparecido.