El día del huevo

PEQUEÑAS INFAMIAS

Ahora que está sobre el tapete el debate «deberes escolares sí o no», me gustaría hablarles de otros deberes que hasta hace poco no existían: los deberes de padres. «¿No tienes frío con ese vestido tan veraniego?» -me atreví a preguntar el otro día a una conocida al coincidir en el ascensor. «No me queda más remedio -me respondió-, es la única prenda amarilla de mi vestuario y hoy es el día del huevo». «¿El día del huevo? -repetí sorprendida (aunque uno ya no debería asombrarse de nada en este mundo de nuestros dislates)-. ¿De qué va eso?». Elsa -que así se llama mi muy joven amiga- me explicó entonces que en la guardería a la que lleva a su hijo de diez meses son muy partidarios de la participación de los padres en el temprano desarrollo de los hijos y todo el tiempo están organizando actividades diversas. «A veces es el día del ruido y tenemos que llevar cinco o seis cachivaches que produzcan algún sonido: un cascabel, una sonaja, una campanita. En otras ocasiones es el día del tacto y debemos asistir con objetos rugosos, lisos, resbalosos, etcétera. En el día del huevo, hemos de ir vestidos de amarillo e inventarnos una canción con algo relacionado con este color para cantarles a los niños en clase. No sé cómo me las voy a arreglar, es la tercera vez en poco tiempo que pido permiso en el trabajo, pero, como comprenderás, no puedo faltar». Recordé entonces varias anécdotas de mis hijas con sus retoños. Como la vez que Juancho, mi yerno, se quedó hasta las dos de la madrugada haciendo renos de plastilina (él es arquitecto, perfeccionista, y los renos parecían esculturas). Eran la contribución de mi nieta al belén escolar. Apenas tenía dos años entonces, pero los padres acabaron compitiendo por quién hacía mejor los renos. O esa otra ocasión en la que mi hija Sofía, que es médico, y a veces llega tarde a casa, tuvo que lanzarse a la calle en busca de un chino de esos que no cierran nunca a ver si encontraba un disfraz de árbol que, supuestamente, y para que todo fuera muy pedagógico y lleno de amor filial, ella tendría que haber confeccionado primorosamente con sus propias manos. «La misión más difícil que nos han puesto hasta ahora en la guarde de mi hijo -continuó explicándome Elsa mientras tiritaba en su ambarino vestidito- fue que cada uno de los bebés llevase un pañuelo de castañera. Nadie sabía qué demonios era un pañuelo de castañera, acabé copiándolo de Internet y me salió fatal».

¿Cómo se compatibiliza una vida laboral con tener que ir a media mañana a contar cuentos en clase o cantar canciones? ¿Qué tiene de pedagógico que una madre se vista de amarillo en el día del huevo? ¿O que se vea obligado a llevar a su hijo -de diez meses, recuerden- a la guardería con un pañuelo de castañera? ¿En qué momento se decretó que la educación de los niños pasa por que a los padres ahora se les pongan deberes? ¿Se es un mal padre o madre por no estar disponible para estas tareas? Entre todas las tiranías a las que nos somete esa peste moderna de la corrección política, una de las peores es la que intenta hacernos sentir culpables con respecto a nuestros hijos. Y resulta tan fácil, sobre todo en el caso de nosotras, las mujeres. En no me acuerdo qué película norteamericana se recreaba esta situación que tal vez alguno -o mejor dicho alguna- de ustedes haya vivido. Madre trabajadora y multitarea recibe una llamada telefónica. Es su hija de cinco años, que le reprocha que no haya hecho la tarta de manzana casera que ambas deben llevar al colegio al día siguiente. Es tarde, ya no le da tiempo a cocinar antes de que la niña se vaya a la cama, así que compra una en la panadería de la esquina. Al llegar a casa (y a escondidas de su hija), la chafa un poco y le pone azúcar glas por encima para que parezca hecha en casa. Al día siguiente, las otras madres full time moms -madres a tiempo completo, como orgullosamente se hace llamar esta nueva estirpe de mujeres- la miran con desprecio. «Ni siquiera sabe cocinar -comentan displicentes-; el otro día tuvo la cara dura de presentarse aquí con un guacamole de bote». Mala cosa, pienso yo, que el amor paterno filial se mida ahora por cómo hace uno el guacamole o por si se viste de amarillo o no en el día del huevo.