Resistencia galleta

NEUTRAL CORNER

Lo primero que noté al mudarme a un barrio burgués fue que no había galletas ni magdalenas. En las tahonas con pretensiones de salón de té, yo veía cosas que se parecían mucho a las galletas y a las magdalenas. Pero, al tratar de pedirlas, por ejemplo, una galleta, la dependienta me corregía con verdadero desdén, como si ella estuviera iniciada en un cosmopolitismo de cursillo urgente del cual carecía yo: «Buf, eso no es una galleta, qué cosas tiene usted. Eso es una cookie». Bueno, en Wisconsin será una cookie, pensaba yo. De igual forma que, allí, el barco es un boat y el perro es un dog. Pero, en entrando en los Madriles, eso tiende a llamarse ‘galleta’. Pues nada, no había forma. Yo me negaba a decirle cookie a la galleta, como si me correspondiera defender un bastión lingüístico de su colonización, y ella sentía como que se degradaba si accedía a servirme una galleta pudiendo despachar cookies. Las galletas las tienen en cualquier bar de la esquina de los de tragaperras y carajillo. Las galletas las lleva en la cartera cualquier niño gafotas. Pero las cookies… Ah, las cookies… Vendiendo cookies se siente uno parte de un mundo hipster colindante con la asepsia tecnológica de lo Apple, con Starbucks, con la leche de soja, con el yoga a cuarenta grados, con la eyaculación hacia dentro y con las bicicletas plegables. Mi dependienta no iba a renunciar a semejante privilegio por darme a mí una puñetera galleta. Hubo que admitir el combate nulo.

– ¿Sabe qué? Mejor me va a dar una magdalena. Una de esas de chocolate.
-Pero es que eso no es una magdalena.

Arrea, ya estamos. Al parecer, eso era una muffin. Mecagüennnn, pensaba yo ya, a esas alturas. Puedo admitir la profanación de la galleta. Puedo llegar incluso a decirle cookie si eso me permite seguir con mi vida cuando estoy atascado, ante el mostrador de un salón de té burgués, por la indoblegable voluntad de una dependienta programada para ascender la galleta a un ámbito más sofisticado. Pero con la magdalena no transijo. La magdalena es un patrimonio literario de la humanidad, es un intangible cultural. No quiero ni pensar qué ocurriría si los salones burgueses triunfaran en su proyecto de contaminación semántica, como caballos de Troya de lo sajón, y en las próximas traducciones nos viéramos abocados a hablar de la muffin de Proust. Que, ahora que lo pienso, me estoy imaginando al lánguido de Proust tratando de pedir en un café de estos su legendaria merienda catalizadora del recuerdo. «¿El latte lo quiere con leche de soja? Deme un nombre. No, lo siento, pero esto no es una magdalena. Ni aunque la quiera usted para construir uno de los grandes monumentos literarios de todos los tiempos. Ni un renglón me va a escribir usted hasta que se avenga a llamarla muffin».

Esos detalles le arruinan a uno la integración en un barrio nuevo. He tenido que callejear mucho hasta encontrar, para los desayunos, un bar correspondiente a mis gustos y mi estirpe. Olor a porras y a solisombra. El Marca en la barra. Me metía en muchos y hacía la prueba de pedir una cookie. Si entendían lo que decía, me iba de allí gritando entre grandes aspavientos proclamas relativas a la decadencia de la civilización occidental. Hasta que un día, en un lugar grasiento, con la plancha de los mixtos llena de costras, pedí una cookie y el camarero respondió: «¿Lo qué…? Anda, coño, a saber qué quiere el guiri este». Desde entonces, soy muy feliz allí. Prácticamente no subo a casa. Y menos desde que descubrí que mis propios hijos han sido abducidos y son agentes de los invasores. Me di cuenta una mañana en que el primogénito me dijo que quería desayunar y le dije que fuera a la cocina a coger unas galletas.

-¿A coger qué? ¡Ah! Papá, eso son cookies. Que no te enteras.

Qué horrible sensación de pérdida y de ruptura generacional. Ahora paso delante del café burgués, bajo la lluvia, arrebujado en el abrigo, y veo que mis hijos y la dependienta se ríen de mí mientras ingieren cookies, una detrás de otra.