Dios y el demonio

REINOS DE HUMO

Hay ciudadanos que disfrutamos tanto del vino como de los destilados. Tipos que nos acompañamos de un vaso en las circunstancias buenas de la vida y también en algunas de las malas. Gentes a las que nos gusta la bebida por su sabor, no porque nos oculte la realidad. No les habla uno de esos periodistas duros que hacen épica del alcohol y las malas compañías. Soy solo alguien con paladar que odia los malos despertares. Por eso hoy les cuento una de mis recetas para evitar las tentaciones del demonio, esa cara B de nosotros mismos. Consiste en no olvidar que la fermentación es un regalo de Dios y la destilación, del demonio. El vino es fruto de la naturaleza, obra de las levaduras y el tiempo. Sin intervención humana, podría llegar a darse un buen cosechero. El destilado es otra cosa. Hay que construir el alambique y darle mucho calor para que salga el agua de fuego: puro reino de Belcebú. Así que si uno navega por tierras del fermentado va a salvo, como si condujera a velocidad legal con el cinturón puesto. Pero si decide pasarse al lado espirituoso de la vida la cosa cambia: es como pisar el acelerador con chanclas. No digo que eso no sea gozoso. Hay días para todo. Solo se trata de saber en qué reino queremos acostarnos y, sobre todo, en cuál despertar.