El arte de hacer el ridículo

PEQUEÑAS INFAMIAS

Siempre he sido muy sensible al ridículo, tanto propio como el que veo en los demás. El sentido del ridículo propio es un arma de doble filo; por un lado evita a uno hacer el canelo, pero por otro puede resultar paralizante, sobre todo cuando se es tímido y necesita ese puntito de arrojo para afrontar situaciones que los más despachados superan con soltura. En cambio, ser capaz de ver la ridiculez ajena siempre es útil y redentor. Dickens, en una de sus novelas, por ejemplo, relata cómo un pobre contable encontró la manera de sobrevivir a eso que ahora llamamos ‘acoso laboral’. Recrearse en la ridícula ensaimada capilar que su jefe entretejía sobre su cabeza y que pegoteaba a su calva con cierto unto que hacía que orbitasen sobre ella como planetas varias moscas verdes y gruesas. Decía La Rochefoucauld que si en un hombre no aparece un lado ridículo es que no hemos mirado bien. Hasta los más célebres lo tienen. También, o tal vez deberíamos decir sobre todo, lo tienen los autoritarios. Julio César, por ejemplo, era calvo y cabezón; Napoleón, bajito y oviforme; Franco tenía voz de tiple; mientras que el bigote de Hitler es de los más risibles que ha dado la historia. Hay quien dice que haber sido blanco de no pocas burlas a causa de tales rasgos les sirvió de acicate para convertirse en lo que llegaron a ser. Pero no es de la ridiculez de personajes destacados de lo que quiero hablarles, sino de cómo calibramos nosotros, sus observadores (o sufridores), tal ridiculez. Paso a explicarles ahora la escena que me hizo reflexionar sobre el tema. Hace unas semanas pongo la tele y me encuentro a Pablo Iglesias abrazado a un tronco. Para desearnos feliz año, ese gran comunicador 2.0 eligió sentarse en el suelo con una chimenea a la espalda, y así, en posición de yogui y con voz meliflua, fue explicando no sé qué sarta de lugares comunes mientras acariciaba el susodicho tronco. Antes de finalizar su alocución decidió llevárselo a la oreja para consultar con él. Según dijo, el tarugo acababa de susurrarle un mensaje importante, una recomendación para los prosélitos de Podemos: que no se pelearan. «Unidad», aconsejaba por lo visto el tronco. «Debatir no es dividir…». Después de quedarme de pasta de boniato durante más de diez minutos, entré en las redes, segura de que encontraría ese derroche de humor que por fortuna tanto abunda en ellas y se manifiesta en muy ingeniosos tuits y no menos talentosos memes. Ante mi estupor, apenas había un par. Y tampoco hubo muchos días después. Por lo visto, que un político en esquijama parlamentara con un tronco es hoy en día de lo más natural, de lo más cool, a nadie le produce ni una sonrisilla irónica, ni un mínimo cloqueo sarcástico. Una vez más, Pablo Iglesias demostraba así ser un gran comunicador. Él tiene razón y yo soy una tonta desfasada. En la sociedad del espectáculo lo importante es llamar la atención. Cómo se haga es completamente irrelevante. Más aún, intentar hacerlo a través de la inteligencia, la coherencia, la belleza es un error garrafal. Nadie está para esas sutilezas que requieren el uso de demasiadas neuronas. Es mucho mejor ‘comunicar’ a través de lo grotesco, lo chocante, lo zafio y lo más burdo. Que se lo digan si no al Donald Trump, que con métodos parecidos ha conseguido convertirse en el hombre más poderoso del planeta. Él, además, no solo tiene su lado ridículo, sino que se dedica a explotarlo a conciencia. ¿Cómo se explica de otro modo que se embadurne de un maquillaje naranja o que enmarañe su pelambrera hasta convertirla en nido de estornino? Tiempos extraños estos en los que lo ridículo es deseable y ni siquiera nos llama la atención. Pero, cuidado. Creo que fue Chaplin quien decía que perder la capacidad de reírse de los poderosos es el primer síntoma de estar sucumbiendo a sus arbitrariedades.