Eneko y su casa

REINOS DE HUMO

Cada uno va armando la vida a partir del acomodo de su identidad y su determinación con la realidad. Todos somos conscientes de quiénes somos y de lo que nos gustaría ser, pero no todos nos dedicamos con igual intensidad. Hay quienes visualizan su camino con más nitidez y lo siguen con testaruda entrega. Eneko Atxa quizá sea el menos popular de los chefs con tres estrellas Michelin. Su carrera, al margen de los calificativos grandilocuentes de última hora, es la más silenciosa y tal vez una de las más sostenibles. El vizcaíno, amigo de pocos ruidos, camina siempre con zapatos de suela blanda, sin hacerse notar. En su restaurante de Larrabetzu o en una ceremonia en Londres es la misma persona, introspectiva pero apasionada, humilde y servicial -que no servil- hasta un grado que sorprende. Atxa es de los que creen que a la gente solo se la conoce por sus hechos. Es fácil imaginarlo en otra época dedicado a pensar y a laborar la huerta. Ora et labora. Azurmendi, un bellísimo edificio de cristal que se funde con el paisaje del valle del Txorierri, ofrece la paz de un monasterio. Allí uno no solo come delicias, sino que siente que se activan esas caras menos funcionales de nuestro yo: emoción y reflexión. Eneko suele decir que Azurmendi no es un restaurante, sino una casa -aunque tenga forma de museo contemporáneo-. Una casa que parece flotar sobre la hierba, pero pertenece íntimamente a esa tierra. Las ramas y las raíces siguen saliendo de la cocina en forma de platos, unos de cielo, otros de tierra.