¿Por qué se odian los compañeros de partido?

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Aveces dan ganas de recordarles a los partidos políticos españoles esa frase de Alicia en el país de las maravillas donde se afirma que muy pobre es una memoria si solo funciona hacia atrás. En el estado en el que se están desencadenando sus primarias y la elección interna de sus liderazgos, se transluce que no imaginan el futuro. Imaginar el futuro es la primera obligación de un profesional de la política. Pues ni imaginación ni futuro asoman en la política de nuestro país. Solo personalismo y afán de poder. Hace algunas semanas un amigo me preguntó escandalizado cómo era posible que los miembros de un mismo partido se odiaran tanto entre ellos. Su pregunta venía al caso de los odios furibundos que rodean el regreso de Pedro Sánchez a las primarias del aparato socialista, la fina inquina que se escupen a diario Cristina Cifuentes y Esperanza Aguirre, o el desmadrado enfrentamiento entre Pablo Iglesias e Íñigo Errejón. No le recordé esa anécdota ya carbonizada en la que Churchill le señalaba a alguien la bancada del Parlamento donde se sentaba el partido opositor para indicarle que ese era el lugar de sus rivales, para luego señalarle los escaños de los miembros de su propio partido y advertirle de que ahí se sentaban sus enemigos. No, toda anécdota tiene un límite; pasa como con las citas de Oscar Wilde, si uno no te paga veinte euros antes de pronunciarla, mejor que se calle.

El odio entre los compañeros de partido tiene una lectura superficial. Es esa que hablaría de los egos revueltos, en expresión de Juan Cruz, de los puñales por la espalda, la falsa amistad. Pero seamos sinceros, ese comportamiento no es patrimonio de los partidos políticos. Ese grado de egolatría y maldad lo hemos visto en el fútbol profesional, en las artes, en la abogacía, en el claustro universitario, en los laboratorios científicos y en la empresa privada. El género humano se deja dominar por la traición y el daño. Por eso la explicación de la rivalidad dentro de partidos merece ampliarse hasta ver el mal que corroe a la institución misma. Todo el mundo sospecha que para llegar a la dirigencia de un partido político hay tal cantidad de zancadillas y maldades que solo el más ladino logra alzarse con el trono. Basta ver cómo, a la hora de repartir los cargos ministeriales y la gestión de lo público, el líder del partido ganador recurre a sus aliados fieles y sus capillas de poder sin importarle un carajo si saben algo de sanidad, cultura o urbanismo.

Esta implantación del partido político como agencia de empleo es muy triste. La carrera de los más mediocres culmina con un cargo bien remunerado en una macroempresa, como ha pasado recientemente con Arsenio Fernández de Mesa en Red Eléctrica y otros incontables ejemplos de premio ideológico. Si los partidos de una vez adoptaran la moral de elegir a personas independientes para ocupar los liderazgos sociales, si emprendieran el camino del fichaje de talentos para la gestión puntual, si aceptaran que el cabeza de lista fuera alguien que representara sus ideas y sus planes, pero desde la profesionalidad y la autonomía, entonces tendríamos un panorama bien distinto. Cuando muchos españoles salieron a votar a gente como Ada Colau, Manuela Carmena, Ángel Gabilondo o Manuel Pizarro, lo hicieron con la esperanza de que estaban votando a personas valiosas por su arrojo social o su experiencia profesional. No aspiraban a la perfección, pero premiaban a los partidos por buscar entre la sociedad civil gente que los representara con buen tino. Lo habitual es que el partido, en guerra interna, imponga sus nombres, su jerarquía y castigue el talento y la autonomía, en favor del pacto oscuro y el enjuague. La concepción interior de los partidos los aleja del esplendor del compañerismo, de la búsqueda del talento, del fichaje de los mejores. El segundo escalón de esa deriva no es solo el daño a la sociedad, sino el daño al propio partido, porque lo condena al odio y el enfrentamiento entre sus cabecillas, a la guerra personal y la inquina.