Desdenes fecundos

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Muchas veces, a lo largo y ancho de la vida, hemos recibido desdenes de gentes vanas o altivas que no se han detenido a considerar nuestras propuestas, que las han rechazado sin prestarles siquiera atención, de la forma más indecorosa y humillante; y esos desdenes se nos han enquistado en el alma, ensuciándonos de resentimiento, o envileciéndonos con una conciencia de esterilidad y fracaso. De tal modo que, a la postre, mucho más daño que el desdén nos lo causan el encono y resquemor que ese desdén siembra en nuestro corazón.

Pero tal vez los desdenes que hemos sufrido en la vida hayan sido oportunidades que la Providencia nos concedió, para cambiar nuestra suerte. Basta recordar el caso de Miguel de Cervantes, que después de haber sufrido el mordisco de la pólvora, largo cautiverio y un copioso rosario de infortunios, se dirigió al Consejo de Indias, en solicitud de algún puesto vacante de corregidor en el Nuevo Mundo. Para que su petición fuese bien pertrechada, Cervantes preparó un exhaustivo memorial, en donde se detallaban sus servicios al Rey, sus padecimientos en Argel, así como una relación de sus méritos, con testimonios y recomendaciones de gentes notables. Y todo este memorial lo encabezaba Cervantes con una carta en la que «pide y suplica humildemente» que se le permita «acabar su vida como lo han hecho sus antepasados». Pero el memorial cayó en manos de un relator displicente, de nombre Núñez Morquecho, que ni siquiera se molestó en desatar el cordel con el que Cervantes lo había atado; y se limitó a escribir en un margen una frase tan majadera como lacónica: «Busque por acá donde se le haga merced». Para que el desdén fuese aún más humillante, el Consejo de Indias no devolvió a Cervantes el memorial, que se quedó olvidado en sus archivos, criando ácaros y polvo, hasta que a comienzos del siglo XIX un erudito logró exhumarlo. Así se desvelaron muchos pasadizos de la triste y vapuleada vida de Cervantes que hasta entonces se desconocían. Y así supimos el nombre de uno de los más discretos benefactores de la Humanidad, el relator Núñez Morquecho, cuya displicencia impidió que Cervantes cruzara el charco. Y, al no poder cruzar el charco, no tuvo que enfangarse en cuestiones de gobierno que lo hubiesen apartado de su vocación, impidiéndole escribir el Quijote. De modo que el desdén del relator Núñez Morquecho fue, a la postre, el agente provocador que Cervantes necesitaba para prestar a su patria un servicio infinitamente más valioso que el que hubiese podido prestar ejerciendo de corregidor en el Nuevo Mundo.

Otro gran escritor que probó el desdén fue Marcel Proust, que mandó a la editorial Gallimard el manuscrito de Por el camino de Swan, el primer volumen de En busca del tiempo perdido, muy primorosamente anudado con un cordel que él mismo había elegido. En Gallimard entonces ejercía de mandamás el también célebre André Gide, que rechazó la novela, alegando que su editorial sólo publicaba «obras serias» y no podía ensuciar su catálogo incluyendo «mera literatura de un dandy mundano». La frasecita delata al cretino que sin duda Gide era por entonces; pues sólo un cretino concluye que la «mera literatura» no puede deparar «obras serias». El caso es que Gide devolvió la novela atada con el mismo cordel que Proust había empleado para enviarla; prueba inequívoca de que no se había dignado leerla. «Me juzgó conforme a la idea que se había formado de mi vida, de mis hábitos mundanos -comentaría más tarde Proust-. Mi camelia en el ojal seguramente les había incitado a él y a sus amigos a pensar que yo era un inútil». Sin embargo, la bajeza de Gide, lejos de desanimarlo o instilarle el veneno del rencor, lo acicateó en su búsqueda de editor, que acabaría encontrando. Y, cuando su novela se convirtió en un éxito, Gallimard regañó por su desidia o falta de gusto a Gide, que sin embargo aún negó durante varios años que hubiese devuelto Por el camino de Swan sin siquiera posar los ojos sobre ella. Tuvo que ser Proust quien, temeroso de abandonar este mundo sin hacer las paces con el desdeñoso Gide, le escribiese una carta, invitándolo a hacer las paces. Y así pudo Gide acogerse al perdón del desdeñado Proust, que demostró ser mucho más magnánimo que él.

No hay que dejarse intimidar por los desdenes de los prejuiciosos y los fatuos, no hay que dejar que la ruindad del desdeñoso nos manche de resentimiento. Hay que hacer de los desdenes el providencial acicate de nuestro tesón, el revulsivo de nuestro genio, el estímulo de nuestra magnanimidad.