¿Es el ‘big data’ tan grande como parece?

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

En el antiguo Oeste triunfaron los vendedores de crecepelo. Si en aquel momento los calvos se sentían frustrados y afeados, era fácil convencerlos para que probaran unos milagrosos ungüentos gracias a los cuales el pelo volvía a crecer de manera inmediata. El secreto de los vendedores de crecepelo era no volver a pasar dos veces por la misma aldea. Esto lo permitía la inmensidad de la pradera estadounidense. Desde entonces y a lo largo del tiempo, los remedios milagrosos han sido habituales y en mi juventud hasta una locutora de radio colocó millones de pulseras curativas a sus incautos oyentes llevándose un porcentaje del beneficio. Es evidente que en la actualidad el empeño por dar con fórmulas milagrosas ha mutado hacia distintas disciplinas y tanto la cosmética, la farmacia dietética, el complemento vitamínico, el libro de autoayuda como los manuales de managing, por usar la expresión idiota que ha hecho fortuna, sustituyen al carromato del crecepelo con gran distinción.

Pero de entre todas las perogrulladas para engañar al personal quizá las que más fortuna han hecho son las que tienen que ver con las nuevas tecnologías. Dale un baño de supuesta modernidad técnica a cualquier ungüento y la gente se traga el cuento. En un periodo de crisis económica, hay algo de verdad en la sensación de fin de ciclo y sobre todo de fin de una tecnología para ser sustituida por otra. «Los tiempos están cambiando» es una frase tópica, porque los tiempos están cambiando siempre, pero, como diría un listo, algunos tiempos cambian más que otros. En nuestros días, no es raro escuchar decir que el big data se ha convertido en el arma de dominación mundial. Y hay parte de razón, el grado de espionaje a particulares es espeluznante ante la indiferencia general.

Pero la utilización mercantil pertenece a Google, marca que domina la publicidad global gracias al posicionamiento en su buscador hegemónico. Al día de hoy buscas un vuelo barato a Londres y lo compras donde ellos deciden. Y además durante semanas, cada vez que abres tus mecanismos de correo y navegación, te siguen lloviendo las propuestas de viajes baratos a Londres, qué pesados. Sencillamente conocen cada una de tus acciones, cada compra, cada búsqueda, cada curiosidad, cada vicio. Cuando un informático te limpia el virus del ordenador, se transforma en una especie de confesor que se entera de cuántas veces te has masturbado, cuántas has buscado a Golshifteh Farahani desnuda o si has perseguido métodos para adelgazar, drogas deportivas o la mejor receta para el gazpacho. A partir de ese conocimiento sobre ti es fácil dar en el clavo y ofrecerte todo aquello que buscas. O no. Cuántas veces sus suposiciones son estúpidas, fuera de tono y te llega la oferta de alargarte el pene un día que estás con la autoestima alta porque has leído a Paulo Coelho o a Punset. También sucede cuando revisas libros o la cartelera y el algoritmo acaba por decirte lo que te gustaría leer y lo que te gustaría ir a ver al cine. ¿Les suena a negocio?

No nos engañemos, más allá del espionaje masivo a las personas y el control policial de los ciudadanos, que no es poco, la visión positivista y angélica del algoritmo es una bobería que se dedica a sostener que un día ayudará a elegir mejor tu pareja sentimental. Por supuesto, también nuestros padres sabían que esa chica no te convenía o ese amigo no era recomendable; la diferencia es que hoy quien mejor te conoce es una máquina. Pero eso no significa que dejemos de lado el capricho y la libertad de ser personas, el azar y la inducción al error y la grandeza de cambiar y a ratos ser otro. El big data es un sistema de publicidad teledirigido que ha sustituido el buzoneo y la vulgaridad de que estés viendo un programa de tele y te anuncien coches a ti que no tienes carnet de conducir. Pero más lejos de eso es la nada y si alguien cree que con ello van a resolverle los problemas contables de su empresa o el destino cruel de su vida, van aviados. Los vendedores de crecepelo nunca se han ido demasiado lejos.