Las ventajas de ‘flanêr’

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Si me paro a pensar, flanêr o, en su más simple traducción, ‘deambular’ es quizá de las cosas que más me gustan hacer en el mundo. Andar rápido, andar despacio, pararme, mirar una placa, ver cómo abren una calle que no parecía tener especiales problemas en el subsuelo, escuchar cómo cada mañana un hombre canturrea la misma canción mientras limpia los cristales de las puertas de una clínica psiquiátrica… Mi padre nació en el barrio en el que yo vivo desde hace treinta años y muchos de los lugares por los que paso cada día tienen relación con él. El restaurante donde él y mi madre celebraron su banquete de bodas, en un primer piso, a escasos metros de mi casa, restaurante que ya no existe porque es un gimnasio. La placa que señala el lugar donde nació uno de sus músicos favoritos, Antonio González el Pescaílla, con el que coincidió muchas veces. La taberna donde mi abuela jugaba a cartas y mis padres me enseñaron las delicias del aperitivo, que guarda las mismas neveras de madera enormes, que me impresionaban de pequeña. La calle llena de excrementos de caballo donde me caí de niña después de una fiesta de Sant Medir y me tuvieron que poner la inyección del tétanos. Las chocolatadas de la Fiesta Mayor. Las plazas. Las mercerías que luchan por sobrevivir. Los negocios que abren y cierran y vuelven a abrir. A veces, cuando paseo muy temprano y el cielo está rojo, el barrio semivacío se me antoja de repente teñido de una luz que lo embellece todo. Fantaseo con la idea de que soy una viajera (nunca una turista) y finjo que todo es nuevo y lo veo por primera vez. Y siempre, siempre hay algo que me sorprende. Lugares de comida preparada andina, tiendas donde venden hasta treinta clases diferentes de galletas caseras, salones de belleza donde te peinan el aura y el alma. Pastelerías árabes, japonesas, portuguesas. Escuelas de yoga de disciplinas de las que nunca había oído hablar, muchísimos sitios de coworking, muchísimos. ¿Qué harán todos estos chicos y chicas enfrente del ordenador? ¿A qué aspiran? ¿Con qué sueñan? Cruzo la Plaça del Diamant vacía y rememoro la primera vez que leí a Mercé Rodoreda. El impacto de sus novelas en mi mente adolescente. La belleza fulgurante de algunos pasajes que me aprendí de memoria. Al pasar delante del refugio antiaéreo, vuelven también las historias que me contaba mi abuela de las bombas cayendo sobre Barcelona, los caballos destripados, el miedo, el hambre, siempre el hambre. Sigo caminando y llego a una plaza dura, fría, la Plaça de les Dones del 36; veo que han abierto una academia de pole dance y se me hace un cortocircuito en la cabeza. Entro en un bar donde una camarera soñolienta pero sonriente me sirve un cortado y, cuando se le vierte el contenido en el platillo, insiste en hacerme otro aunque le digo que no, que no importa. Hay mañanas que me cruzo con mujeres maquilladas impecablemente que me hacen preguntarme a qué hora se habrán levantado. Otras, me cruzo con parejas que no han dormido y tienen el pelo revuelto y caras cansadas pero felices. Cuando vuelvo finalmente a casa, veo que el cartero ya ha pasado y cojo la correspondencia. Abro entonces la factura de la electricidad y no doy crédito. No puedo creer que eso sea el importe de este mes. Subo lentamente la escalera. Me paro, retrocedo, vuelvo a salir a la calle. Antes que ponerme a llorar a oscuras en casa, prefiero seguir paseando, paseando, paseando.