La carta

REINOS DE HUMO

Adoro los restaurantes cuya carta de vinos es sincera y está actualizada. Me es indiferente si es grande y preciosa como un cantoral o si apenas son unas pocas cuartillas prendidas de un cordel. No planteo veto alguno una vez que pasó la horrenda moda del iPad. Se me activan la ilusión y las papilas cuando todas las referencias que aparecen escritas están realmente disponibles y me deprimo cuando escucho frases del tipo «justo ese se nos ha terminado», «anoche vendí la última». La experiencia dice que, si les falta un vino, seguro que le faltan otros muchos. He llegado a sumar cuatro fallos en la carta de un restaurante que se da bastantes humos. Y eso sin contar los errores en las añadas. Ya saben. Botellas que se anuncian como de 2004 y que cuando se pregunta al camarero si realmente es de ese año la respuesta es del tipo: «Pues no sé. Déjeme que mire». No piensen que acabo de vivir una mala experiencia que me tiene carcomido el hígado. Al contrario. Vengo de disfrutar en Pamplona de uno de esos restaurantes familiares con fondo de armario, con bodega hecha con tiempo, dedicación y esmero, sin pretensiones ni petulancias, con botellas guardadas hace años que se ofrecen con generosidad y sin sobreprecio. Gracias a Dios, como el Enekorri del que les hablo, hay muchas otras casas familiares a lo largo y ancho del país. Harían falta muchas columnas para citarlas a todas, pero es difícil terminar sin reconocer al menos la dedicación y pasión de algunas de ellas: Rekondo en San Sebastián, La Cigaleña en Santander, el asturiano Balneario de Salinas o la Venta de Moncalvillo en Daroca de Rioja.