Un minuto de más

NEUTRAL CORNER

Me interesé por los decadentes años finales de Scott Fitzgerald después de leer El desencantado, la novela donde Budd Schulberg cuenta cómo el autor de Gatsby llegó a Hollywood envejecido, alcohólico y desesperado por conseguir dinero así fuera disparando al aire la última munición de su talento con comedietas de chicas que patinan. Hay otro libro, de Scott Donaldson, que describe el desmoronamiento interior de Fitzgerald sobre el eje narrativo de su amistad/ruptura con Hemingway. Scott mendigó la aprobación de Hemingway de un modo tan humillante que me recordó el amor de Katherine Hepburn por Spencer Tracy cuando se ovillaba como un perrito delante de la puerta de la habitación del hotel a la espera de que a él se le pasara la furia alcohólica y le permitiera entrar.

Hemingway y Scott Fitzgerald se conocieron en París durante la época de la Generación Perdida y fundaron una profunda amistad. Ambos se influyeron. Con el tiempo, mientras Fitzgerald se degradaba y perdía el control de su carácter, Hemingway le profesó tal desprecio que en París era una fiesta, escrita al final de su vida, los años de amistad están distorsionados por el afán malediciente de demoler a Scott. Fitzgerald estuvo siempre tan dedicado al amor a Hemingway -al hombre y al escritor- que la ruptura de la amistad le hizo dudar hasta de su tendencia sexual. Los borradores de sus libros siguientes tienen los márgenes llenos de anotaciones obsesivas. «Esto le gustará a Hem», «Cuidado, este párrafo es muy Hemingway», y así.

En la ruptura de la amistad, además de los antagonismos de carácter que hacían pensar a Hemingway que Fitzgerald era un cobarde y un débil que saltó de la juventud a la senilidad «sin pasar por la madurez viril» -o sea, que no le pegó un tiro a nada-, hubo mucho de envidia literaria. Hemingway prohibió a Fitzgerald publicar una novela tres meses antes o después de que lo hiciera él para no verse riñendo ambos en las listas de ventas. Scott, quien tenía el mismo editor que Hemingway -el mítico Max Perkins de Scribner´s-, por supuesto obedeció.

Con todo, el hecho concreto que de veras sembró para siempre el resentimiento de Hemingway hacia Scott no sólo no es literario, sino que revela hasta qué punto, en un artista, el culto a su propio personaje, a su propio cliché, puede llegar a ser infantil. Antes de que se dispersaran todos de París, cuando Hemingway ya había escrito sobre sangre derramada en varias acepciones distintas -corridas de toros, safaris, boxeo, asesinos y guerra-, a las tabernas literarias llegó un joven novelista canadiense, Morley Callaghan, que lo primero que hizo fue empeñarse en conocer y en trabar amistad con esos dos escritores consagrados a los que tanto admiraba. La relación entre Scott y Hemingway ya debía de estar deteriorada, porque Hemingway pidió a Callaghan que no dijera a Scott dónde estaba su apartamento nuevo por miedo a que una escandalera de borracho provocara que los propietarios lo echaran. Hemingway y Callaghan boxeaban todas las semanas en el Club Americano. Callaghan era mejor, pero Hemingway, aunque más tosco, pegaba duro y tenía aguante. Scott no soportaba haber sido excluido de aquella amistad pugilística. Suplicó asistir al Club hasta que Hemingway le permitió acudir un día como cronometrador de los asaltos de tres minutos. Tan absorto quedó con la pelea que no miró el cronómetro y olvidó gritar «¡tiempo!» en un asalto en el que, alcanzado el minuto cuatro, Hemingway fue noqueado. Hemingway creyó que Scott lo había hecho adrede para que alguien le diera por delegación la zurra de la que él no era capaz y, por añadidura, para estropear su reputación de macho invencible. Nunca se lo perdonó. Tampoco a sí mismo: durante el año siguiente, en cualquier lugar del mundo donde estuviera, Callaghan recibió telegramas de Hemingway desafiándolo a ese nuevo combate que él necesitaba para reparar una autoestima abierta en una herida más profunda que la que pudiera causarle cualquier mala crítica.