Y el Oscar es para R2-D2

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Durante años hubo fuertes reivindicaciones para que tanto R2-D2 como C-3PO, los simpáticos robots de Star Wars, fueran candidatos al Oscar al mejor actor de reparto. Sus voces, su grácil presencia y su potencia interpretativa los colocaban en el mismo escalón que a sus compañeros de carne y hueso. Con la llegada de las nuevas entregas de la franquicia, incluso la interpretación de estos robots superaba a la de los humanos de su alrededor, obligados a actuar ante marcas y fondos verdes para ser manipulados en postproducción sin ninguna interacción real. No tuvieron suerte, pero ya la tendrán, algún día el sindicato de robots o de artistas del proceso digital tendrá tanta fuerza como el sindicato de actores y se hará valer. Pero todo esto es casi anecdótico frente a la posibilidad de que en un futuro muy cercano ya no sea este galardón un episódico reconocimiento a presencias más o menos entrañables de robots, sino por ejemplo un galardón al mejor director o al mejor guión escrito por una máquina.

Hace algunas semanas, un ordenador ha derrotado de manera escandalosa a los mejores jugadores de póker del mundo. La humillación ha venido a sumarse a los tremendos avances en el ajedrez y otros retos de agudeza mental donde los ordenadores vencen a los humanos. Me produce cierto escepticismo que esto suceda mientras miro los traductores automáticos de Google y sus penosas versiones y el subtitulador mecánico de YouTube, que provoca sonrojo. ¿Por qué empresas tan poderosas permiten chapuzas innobles? Mientras llegan esos avances cotidianos, la propaganda en torno a la robótica nos lleva a pensar que bien pronto las máquinas serán mejores soldados, también mejores cirujanos y por qué no directores de cine. Algunos dicen que las labores artísticas están a salvo de la invasión de las máquinas, pero yo no estoy tan seguro. Cada vez padezco a más escritores que han perpetrado sus obras siguiendo fórmulas establecidas comerciales. También hay políticos que ya solo se manejan a través de encuestas y cambian el discurso en función de estos resultados.

Hace años Steven Spielberg dirigió una película llamada Inteligencia artificial. Spielberg es un buen ejemplo de director que ha hecho del recurso narrativo y sentimental una fórmula que repiten y repiten los amos de la taquilla. Desde sus primeras películas, libres, juguetonas y entrañables, hasta el producto manufacturado de hoy hay una evolución que habla a las claras de cómo la inteligencia tiende hacia la artificialidad. Por eso, no será raro que los ordenadores practiquen combinaciones exactas para hacer llorar al espectador, emocionarlo, causarle pánico, adornadas por una música también compuesta bajo una pauta establecida de lo que tiene que sonar en cada momento. ¿Acaso no sucede ya, pero en lugar de ser aplicada por un ordenador está siendo producida por personas que obedecen instintos computarizados? Esta obvia exageración sirve para apuntar hacia una deriva evidente del futuro.

Frente a todo esto solo hay una posibilidad de escape. Dirán algunos que consiste en que los directores y artistas resistan y sigan explorando la comunicación personal, el riesgo, lo imprevisible. Pero yo no creo que sea ese el gran reto. Artistas no faltan que quieran asumir el fracaso y hasta la ignominia con tal de expresar lo que llevan dentro. Lo que faltan son espectadores dispuestos a la decepción, el asombro, la indignación y, sus hermanos gemelos, la fascinación y el encantamiento. Es muy posible que la creación robótica venga después de la robotización del público. Es tan previsible el comportamiento de la masa que al convertir al espectador en una agrupación impersonal resulta bien sencillo manejarle las emociones. Igual que a los pacientes médicos es fácil convencerlos de que las máquinas de exploración, de análisis nunca se equivocan y que los médicos, en cambio, pueden fallar y los cirujanos cometer negligencias, por lo cual su confianza se decanta hacia los aparatos y no las personas, así el público va siendo presa, sin ser consciente, de un cálculo preciso de sus gustos mayoritarios, de sus inclinaciones, de su quiebra emocional frente a la ficción, y el resultado es que le endilgan una obra diseñada para saciar su carencia de espíritu libre.