Feliz cumpleaños

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Hace veinte años, estaba embarazada.

Recuerdo que acabé de trabajar en mi antigua oficina y me fui a dar una vuelta. Faltaban dos semanas para que tú llegaras.

Me senté en un parque del paseo de San Juan. Me miré la barriga. Pensé en muchas cosas. Pensé en ti, en cómo serías. Pensé que, aunque yo nunca había dicho en voz alta que quisiera ser madre, sí lo había pensado muchas veces, con miedo, con miedo a la responsabilidad, a no estar a la altura, a no hacerlo bien. Pero también con ilusión, con amor, con un sentimiento difuso de cariño y ternura. Pensé en el momento en que supe que tú estabas en camino y el mundo cambió de repente. Un antes y un después.

Sentía unas ganas inmensas de abrazarte. Inmensas. Me dolían los brazos de las ganas que tenía. Te lo juro que me dolían. En ese banco me sentí feliz. Nerviosa, ansiosa, pero feliz. Me levanté y me fui a una exposición de Sophie Calle. Recuerdo que pensé que Sophie Calle no tenía hijos y que me dio pena por ella. ¿Por qué recuerdo detalles absurdos como este? ¡Ni idea!

Volví a casa y me desperté en mi cama a las once de la noche y vi que estaba mojada. Había roto aguas. Llamé al hospital y me dijeron que fuera a las ocho de la mañana. Cuando colgué el teléfono, supe que ibas a llegar antes de las ocho. Mucho antes. Es curioso cómo el cuerpo sabe esas cosas. Desperté a tu padre. La bolsa con tus cosas estaba preparada. Un taxi. Muchos dolores. Al hospital. No estaba nerviosa. Era medianoche, tu padre intentaba hacerme reír, pero estaba más agitado que yo. Me daba un poco de pena que el hospital fuera tan feo. No quería que lo primero que vieras fuera un hospital tan feo. Con gotelé. Color verde pistacho. Me consolé pensando que los bebés ven muy poco, al menos eso había leído en las decenas de libros sobre bebés que había comprado antes de que llegaras. En la habitación me empezó a doler todo el cuerpo. Las enfermeras me dijeron que todo estaba yendo muy rápido. Que ibas a nacer pronto. Vaya prisa, dijeron. Me dieron una inyección. Me calmó el dolor. Me llevaron enseguida al quirófano. El médico no llegaba. Dijeron que no pensaban que nacerías tan pronto. Yo le pregunté a la enfermera, si no venía el médico, que qué pasaba, que si ellas me iban a ayudar. «Claro, mujer». Cuando llegó el médico, se sorprendió de lo rápido que iba todo. Empuja, empuja, respira, empuja, respira. No tardaste nada desde que entramos al quirófano. Y no lloraste al salir al mundo con los ojos abiertos. Cuando te pusieron encima de mí, me abrazaste, de verdad que lo hiciste: pusiste tus bracitos sobre mí, noté tu piel increíblemente suave y sentí una emoción para la que no hay palabras, ni imágenes, ni frases ni cuentos. Como si me hubieras oído cuando estábamos sentadas en el banco y te hubieras dicho a ti misma que tenías que salir inmediatamente, que no querías que me dolieran los brazos. Feliz cumpleaños, Zoe. Gracias por tus abrazos y por todo.