En el reino de los distraídos

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

La anécdota del error en la entrega del Oscar de este año se ha comido la relevancia de los premios. Al día siguiente, en lugar de que fuera portada en todos los medios del mundo la foto de Emma Stone o del equipo de la película vencedora, la equivocación de los sobres propició que la foto que abría todos los periódicos fuera la del batiburrillo en el escenario o la cara de pasmo de los asistentes. El error se debió, como sucede tantas veces, a la distracción de uno de los encargados de la auditora de las votaciones. Es curioso, porque siempre que miro la gala de los Oscar me asalta la misma certeza. La gente que trabaja con su cara no debería operarse jamás y, sin embargo, siguen cometiendo el error hasta perfeccionar un acartonamiento ajeno a sus rasgos naturales. El propio empleado de la PriceWaterhouse parecía un familiar de Matt Damon por su chocante parecido con el actor y uno se preguntaba si era un accidente genético o un atrevimiento del cirujano plástico. Lo importante es otra cosa. Igual que vemos cómo muchos empleados, conductores, escolares y amigos se distraen con sus móviles cuando mejor les vendría prestar atención a lo que hacen, así también el tropiezo de los Oscar se ha convertido en un ejemplo perfecto de que no hay peor enemigo que el de no prestar toda tu atención a la tarea.

La distracción es un defecto natural en una época en la que tenemos demasiados estímulos urgentes a nuestro alrededor. Los propios premios se han convertido, en la mayoría de los casos, en una distracción sobre el propio valor de llevar a cabo un trabajo con decisión y riesgo. Pareciera que si no alcanzas el premio has fracasado, que eres un desperdicio y no ha merecido la pena tu esfuerzo. Tanto es así que ya no hay demasiado espacio para la crítica y la información cultural y artística, arrinconada por la enorme cantidad de premios que se conceden a diario. El error en la entrega del premio mayor de los Oscar deja bien claro que muchas veces el accidente, la decisión azarosa, la componenda y el oportunismo guían los galardones. Pero en clara sintonía con el aire de los tiempos no hay nadie que se resista a un premio, como no hay nadie que se resista a distraerse de lo importante con lo anecdótico, a renunciar al espacio de calma y sosiego frente a esa lluvia constante de nimiedades que nos llegan a través de los estímulos portátiles.

Quizá por todo ello en los días siguientes al Oscar me llamó la atención que los premios Pritzker de arquitectura recayeran en el estudio RCR de Olot. Había disfrutado de un par de obras suyas en esa comarca que tanto me gusta, un restaurante magnífico y una pista de atletismo verdaderamente llamativa, pero el premio en este caso sí sirvió para detener la atención y fijarse en la trayectoria de tres arquitectos, Carme Pigem, Ramón Vilalta y Rafael Aranda, capaces de dignificar un oficio entre cierta artificiosidad habitual. El mero hecho de seguir instalados en una región algo marginada de los centros de decisión delata su interés por tomarse el trabajo con una calma racional, por recuperar un modelo integrador de arquitectura y paisaje. Da la impresión de que en cada obra que han levantado se han tomado la molestia de dar un paso atrás para observar antes de irrumpir y es ese sosiego, aliado siempre al valor eterno de la humildad, el que los ha conducido al éxito. En una declaración justificaban su aislamiento como una forma de evitar «problemas profesionales como la envidia, no perdemos demasiado tiempo con eso; cuando uno está distraído, es incapaz de profundizar». Pues parece que algo hay que empezar a tener claro, más allá de los galardones y el consenso general, hay un reto privado y un valor íntimo en cada tarea que uno emprende. Al éxito se llega por variados caminos, pero solo seguir sin distracciones ni atajos una senda personal y propia te sostiene del desánimo, el tropiezo y la incomprensión cuando te acosan.