Callar

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Opiniones y culos. más o menos acertadas, más o menos grandes, todo el mundo tiene. Y vivimos en un momento en el que resulta imposible ignorar las opiniones de los demás porque pululan y llenan el aire y a veces hay tantas opiniones flotando por ahí que uno ya no sabe qué opina de las cosas de las que todo el mundo tiene una opinión. Reconozco que cada vez me resulta más difícil saber qué pienso realmente de algo, cuando alguien me pregunta. Cuando poseo mucha información de un tema, toneladas de referencias, libros leídos, etc., me resulta imposible opinar de una manera simple, decir que estoy a favor o en contra, sin sentir que traiciono lo que realmente pienso, porque la cosa es que, cuanto más sé de algo, menos inclinada me siento a opinar sobre ello. Cuando apenas sé de algo, me da corte opinar y hago cualquier cosa para evitar decir lo que pienso, que, al fin y a la postre, será sólo una impresión momentánea que igual cambia en el momento en el que sepa un poco más.

Ahora, cada cinco minutos, hay alguien bienintencionado que te llama o te envía un mail para que opines sobre la maternidad, las madres de alquiler, la prohibición de las terrazas, la victoria milagrosa del Barça contra el Paris St. Germain, la investigación sobre células madre, los concursos de belleza para niñas, el velo musulmán o las ventajas del té verde sobre el café. La prensa, la radio, la televisión están llenas de gente opinando y gente que opina sobre los que opinan: una ruidosa marea de opinionitis que no es el mejor caldo de cultivo para que uno pueda formar su propio criterio.

Cuando la opinión que se me pide es sobre cuestiones que tienen que ver con el mundo de la mujer, reconozco que ahí pierdo los papeles porque ya no puedo más. Me he pasado treinta años de mi vida contestando a las mismas preguntas y me ha quedado una afonía perpetua y un encefalograma plano. Me siento como la octogenaria que, en la marcha de las mujeres de Washington, llevaba una pancarta que decía: «No puedo creer que todavía tenga que estar protestando contra esta mierda». Mis interlocutores, evidentemente, no tienen la culpa, pero existe un límite humano a las veces que una mujer puede contestar a la pregunta «¿y qué dificultades ha encontrado usted en la vida por el hecho de ser mujer?». Reconozco que soy de esa clase de personas que detesta la repetición: si por mí fuera nunca repetiría el mismo camino de vuelta a casa, el mismo restaurante, la misma canción, así que mi reacción alérgica a la pregunta de marras también se explicaría por ahí. Soy como esos cantantes que se ponen de una mala leche cuando los fans les piden la canción con la que se hicieron famosos y que para ellos ya no tiene sentido y no pueden soportar.

Sueño a menudo con un silencio lo suficientemente elocuente como para acallar todas las preguntas y todas las respuestas. Sueño con la dignidad del que se calla.