Lo efímero

REINOS DE HUMO

La gastronomía es familia de la alimentación, pero no hermana. Tienen rasgos en común, pero no son lo mismo. La primera lleva incrustada en su esencia una singularidad cultural -una sintaxis propia y un relato- y una intención de generar emociones que van más allá de calmar el hambre y nutrir: el disfrute, la sorpresa, la reflexión e incluso la repetición del rito la acercan a otras disciplinas netamente humanas como la pintura o la música. A diferencia de la mayor parte de las artes, una de las características más diferenciales de la gastronomía es su fugacidad. La obra termina con la ingesta. A un cuadro, una película o un libro se puede volver mil veces. Al mismo plato, solo una. Nuestros genes de cazador han mutado: de las lanzas pasamos a las escopetas y, recientemente, a la fotografía con móvil. De mirar y admirar hemos pasado a registrar. Nos hemos convertido en ‘homo capturator’ Se ha desviado el acento y lo importante no es ya vivir el momento, sino poseerlo. Disparamos sin cesar con nuestros móviles con la declarada intención de poder revivirlo, pero solo lo vivimos en la pantalla porque mientras estuvimos ante la realidad no la percibimos sino de modo epidérmico. Quizá ha terminado por gustarnos más la copia embellecida que el instante real. En el congreso Diálogos de cocina, Martín Caparrós reivindicaba «devolver a la comida algo de su fugacidad» ante la moda de fotografiar los platos. ¿Qué les parece dejar de atentar contra lo efímero, respetar la esencia natural de las cosas, sentir antes que acumular?