El coqueto ‘meublé’

NEUTRAL CORNER

A veces almuerzo con dos amigos que, en lo sentimental, llevan vidas muy distintas. Uno es un campeón del adulterio que mantiene varios romances simultáneos y ha diseñado una red de mentiras y coartadas por la que podría dar charlas pedagógicas en la CIA. No sé si espantar el miedo a la vejez merece semejante gasto de energía física e ingenio, esa doble vida erótica. El otro, que se casó con lo que en USA habría sido su pareja en el baile de graduación -es decir, la novia de toda la vida-, lleva décadas de fervorosa vocación monógama durante las cuales lo más parecido a una aventura que jamás tuvo fue la exploración de un urólogo.

¿Lleva décadas, dije? Llevaba. Porque al final, de tanto mofarse de su escasa curiosidad sexual y de su supuesta condición de calzonazos, mi amigo el adúltero consiguió que mi amigo el fiel se sintiera obligado a catar el amor prohibido fuera de casa. Sin ganas ni vocación, todo hay que decirlo. Sólo para que lo dejaran en paz. Los dos salieron juntos para que el fiel hiciera algunos intentos de ligue en las discotecas. Pero entre la falta de entusiasmo y la de entrenamiento, lo único que consiguió al final fue un contrato para instalar las alarmas en un garito de Chamartín que venía de sufrir un par de robos. Probaron hasta en un tablao de cazadoras de maduros interesantes, pero ni con ésas. De forma involuntaria, mi amigo hasta hizo un chiste de Seinfeld cuando una mujer le propuso subir a casa para terminar la noche con un café y él respondió que gracias, pero que tomar café a esas horas lo desvela: «Era un ardid, cretino, un eufemismo», le dijo el adúltero. «Coño, pues que hablen claro».

Como quiera que todo era inútil, y que a la esposa de mi amigo el fiel empezaba a escamarla tanta salida nocturna de un hombre que siempre fue diurno, la solución propuesta por el adúltero fue confiarse a una profesional. Hasta le arregló la cita. Esto espantaba a mi amigo el fiel porque al esfuerzo de la voluntad para cometer un adulterio que no le apetecía se sumaba el miedo instintivo al submundo del lumpen donde él imaginaba que semejantes mujeres se volvían peligrosas. Todo empezaba a ponerse demasiado emocionante.

Acudió a la cita en un coqueto apartamento del centro sin estar muy seguro de que lograría regresar a casa. Atravesó el portal con la cabeza metida entre las solapas del abrigo para que el portero no pudiera describirlo después, como si se dispusiera a cometer un crimen. Creo que incluso impostó el tono de voz cuando dijo que iba al segundo derecha. Luego describió el lugar como un pisito oscurecido, iluminado apenas, y con olores a incienso. Había estampas del Kama sutra que se hacían un poco abrumadoras porque parecían una exigencia inminente. La mujer lo recibió en lencería sensual, le hizo un par de carantoñas y le pidió que se duchara. Ahí fue donde el clima erótico empezó a arruinarse.

Mi amigo contó que la ducha era como un cilindro lleno de aspersores. El agua salió caliente y, para evitar que siguiera quemándole, trató de agarrar la ducha para reorientarla, pero ésta se le partió en la mano. El tubo quedó como un cable eléctrico suelto, esparciendo agua por toda la habitación. Entró entonces la mujer pegando grititos enojados, y mi amigo lo empeoró todo porque perdió el equilibrio, al caer arrancó el tubo de la ducha, desconchó medio cilindro y dejó a la vista una tubería perforada cuya hemorragia de agua era imposible de restañar. Mi amigo trató de escapar justo cuando los vecinos de abajo comenzaron a golpear la puerta porque se les filtraba el agua. Acudió también el portero, que abrió con su llave por miedo a un accidente grave. Mi amigo se encontró desnudo y empapado en el centro de la habitación, con un fondo de música de masajes y algunos utensilios eróticos ya dispuestos. «Pero, coño, Jacinto, ¿eres tú? ¿Cómo está Isabel? ¿Os casasteis, verdad?», le preguntó el portero, que resultó ser un amigo de la mili. Ni siquiera obtuvo un contrato para dotar de alarma el meublé.