Tener siempre siete años

MI HERMOSA LAVANDERÍA

La empleada de la tienda tiene el rictus de amargura de las mujeres que no se han tomado una taza de chocolate con nata desde 1980, año en que cumplieron cuatro años. La empleada de la tienda lleva unos tejanos que se le clavan en los huesos de las caderas y un collar con unas alas de ángel de plata que se acomoda como puede en el centro de la clavícula. La empleada de la tienda se pasa la mitad del año haciendo détox y la otra mitad practicando yogalates, que es una mezcla de yoga y pilates que te lleva al nirvana, como se encargan de afirmar los folletos que se encuentran diseminados por la tienda, que funciona también como sala de terapias y galería de arte. La empleada de la tienda te dirige una mirada de soslayo, de esas miradas que no acaban de decidirse entre la indiferencia y el desprecio, cuando le preguntas si la talla L es la más grande que tienen, habida cuenta de que la diferencia entre la s y la l es de apenas un centímetro. «No, la L es la más grande; si quieres probártela, pero no creo que…», estas palabras salen de su boca, como si levantar la vista de su teléfono y atender a una posible clienta fuera algo que le costara un esfuerzo equivalente a cruzar el canal de la Mancha a nado. ÿMe quedo mirándola con la prenda en la mano, plantada en medio de la tienda y vuelvo a tener siete años en casa de la modista que tenía que hacerme un vestido para la boda de un pariente, y mientras me medía la cintura, no paraba de pellizcarme y clavarme alfileres y decir cosas como «esta niña no tiene cintura», «como no la vigiles, cómo se va a poner» mientras yo me aguantaba las ganas de llorar porque la señora olía a sudor y tenía pelos en el bigote y era desagradable y hablaba muy alto cerca de mi oído. Y las cosas que no le dije a la modista, las cosas que no le dije a la empleada de la tienda, las cosas que no les he dicho a las amigas, familiares y conocidas que se pasan la vida hablando de dietas, de lo gordas que están cuando la talla XS les viene grande, se acumulan en mi garganta, en mi estómago y en mi corazón. Es asombroso cómo ciertas cosas del pasado, casi siempre las negativas, perviven en nosotros y nos persiguen y afloran en cualquier momento, pillándonos desprevenidos. Nunca he sido alta ni delgada. Nunca he sido guapa. Nunca me ha preocupado demasiado hasta que alguien, generalmente con las peores intenciones, me lo ha recordado. Y me he hundido y me he levantado y he logrado tener periodos de tregua conmigo misma y he procurado reírme todo lo que he podido y decirle a la niña de siete años que anidará en mí hasta que me muera que no pasa nada, que nadie se ha muerto por tener celulitis o miopía, que si los fabricantes se empeñan en hacer tallas L o XL para mujeres que sólo existen en la cabeza del/la que hace el tallaje, que ellos se los pierden. Que la vida es demasiado corta para preocuparse de si es adecuado o no pedir postre. Y que les den mucha morcilla y no de la de arroz a los que han hecho, hacen o harán comentarios sobre mi aspecto o mi peso.

Salgo de la tienda sin comprar nada. La empleada no levanta la vista del teléfono. Espero que le siente bien la clase de yogalates.